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Duelo

Hablar del duelo no es fácil, ya que es un sentimiento que afecta a niveles muy profundos. A la hora de abordar el tema, se tiende a pensar que es mejor posponerlo u obviarlo, y que es algo lejano y ajeno a nuestras vidas. Sin embargo, el duelo en general y la muerte en particular forman parte de nosotros a lo largo de nuestras vidas de manera inexorable. Siempre están ahí, promoviendo cambios y removiendo emociones, pensamientos y conductas.

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Es un trayecto necesario a lo largo del transcurrir existencial, e inevitable. Recorrer dicho viaje mediante una reflexión – meditación consciente nos facilitará el ahondamiento y la capacidad para elaborar mejor los procesos venideros.

 

Durante el proceso de duelo, hay una parte del itinerario que se hace en solitario, pero también nos encontramos con muchos acompañantes que posibilitan que el camino sea más ameno y enriquecedor. Los compañeros de viaje son un elemento fundamental para la propia vivencia y elaboración de los procesos. Nos hacemos con los otros y en relación con otros. Los otros son una parte esencial de mi propia existencia y, como tal, facilitan (no resuelven) que el camino sea menos sinuoso y más llevadero. Jacques Lacan expresaba: “uno sólo llora aquellos gracias a quien se es”. Esto indica que, en el dolor más fuerte, la presencia del otro es más determinante, y que el dolor refleja los apegos que mantuvimos.

Elaboré estas líneas con el objetivo de facilitar una toma de consciencia sobre el tema; para ayudar a “ser conscientes”. Conscientes de nuestras propias vidas, de lo que implica el dolor con sus procesos para evaluar la vida en su justa medida, consciente de los otros, del mundo… De esta forma, llegué a la conclusión de que la conciencia nos hace responsables, y el hecho de trabajar desde ese punto de vista, nos aporta congruencia.

Enlazando con lo dicho sobre “los otros”, vamos a incidir en el concepto de “responsabilidad”. “Responsabilidad” viene de “responder a”… Según la definición del diccionario, “capacidad, existente en todo sujeto activo, de derecho de reconocer y aceptar las consecuencias de un hecho realizado libremente”. El diccionario define “responsable” como “persona que pone cuidado o atención en lo que hace o decide”. Elaborando estos textos, he pensado mucho en todos estos conceptos y definiciones, y he concluido que actuar de forma responsable tiene que ver con la conciencia de la responsabilidad que deriva de nuestros actos o sucesos.

Esta conciencia de la responsabilidad supone tener claro que somos sujetos activos con responsabilidades ante los sucesos que nos ocurren. Tenemos la responsabilidad de cada instante de nuestra existencia. Es justo en esa conciencia del transcurrir y de la irreversibilidad donde se produce el sufrimiento.

Comprender que la negación de las pérdidas tan sólo conduce a no valorar las ganancias y a disminuir la calidad de las vivencias ya es un avance importante en nuestro grado de conocimiento.

En mi quehacer terapéutico, me ha ayudado especialmente entender que elaboramos programas que facilitan o no patrones sanos de actuación. Si el asentamiento de dichos patrones se basa en dar poca fluidez al bios, el anthropos nos limita para funcionar de forma perversa. Nuestros padres, que son nuestros primeros amores, nos transmiten dichos programas.

Reparar el programa grabado desde las primeras experiencias que nos marcan el camino a seguir, requiere dirigir la conciencia, concentrándola en recuperar parte de la integridad dañada, que nos reafirma nuestro ser amoroso. Cada maltrato emocional recibido es un límite a nuestro desarrollo. Incidir en salir de aquel niño que nos atrapa y se estanca con la heteronimia, para hacerse cargo desde el adulto que elabora desde la autonomía, aumenta la capacidad de vivir desde un programa más saludable. Dicho proceso requiere la atención dirigida en la consecución de una tarea consciente concreta, mediante la reflexión extraída de la experiencia vivencial – emocional particular en cada persona. Así que los procesos, ritmos y motivos, entre otros, serán distintos en cada individuo según la construcción de la realidad que tenga elaborada. La predisposición u apertura a conocer el fenómeno que implica el duelo será un requisito necesario, aunque no suficiente, para elaborar los duelos desde el crecimiento que implica “asumir” para llegar a un estadio superior. La diferencia entre lo que supone el dolor y lo que es el duelo también ayuda a esclarecer cómo avanzar y superar el malestar generado por la transición. Alan Wolfelt comenta que el dolor es lo que piensas y sientes internamente cuando muere un ser querido. Según Oscar Wilde “nada puede curar el alma sino los sentidos”, es decir, el sentir, el vivenciar integradamente la realidad.

El duelo sería la expresión de esos pensamientos y sentimientos, es decir, una forma de sacarlos al exterior.

Este dar voz a las emociones como un punto de partida para obtener salud es la intención de dicho trabajo. Los instrumentos que faciliten dicha exteriorización serán muy diversos: desde el llanto, a la expresión oral o a la escritura entre otros.

Sean Covey en su libro Los siete hábitos de los adolescentes altamente efectivos habla de “una cuenta bancaria personal” donde se guarda el bienestar personal y la autoestima. Cuando se hace algo sano para la salud, aquello queda ingresado. Por el contrario, cuando se hace algo perjudicial, la cuenta mengua. Si tenemos una cuenta de duelo emocional, reprimir, negar o perpetuar el malestar es malgastar los fondos. Ingresar más fondos nos facilitará encontrar el sentido a nuestra vida diaria.

Resumiendo podríamos decir que lo que hagamos para facilitar la expresión cuando hay malestar es un seguro de vida. John Bowlby asegura que “antes o después, aquellos que evitan todo duelo consciente, sufren un colapso, habitualmente con alguna forma de depresión”. Entramos en el concepto de elaboración, en un continuo crecer con las pérdidas. Somos en función de ellas y de la reacción que tenemos ante este continuo vivenciar cambios que suponen pérdidas y ganancias.

Todo ello implica transitar, y significa aceptar el dolor que supone adquirir otro estatus a través de la mencionada tarea de elaboración. Padecer el dolor forma parte del camino. No seguir dicho camino nos puede llevar a duelos patológicos bloqueando o congelando partes de nosotros. Robert A. Neimeyer comenta: “si intentamos mitigar o evitar de manera continuada los sentimientos más estresantes que despierta la pérdida, podemos retrasar o perpetuar nuestro duelo” o “si desarrollamos la conciencia que tenemos de nuestras emociones, podremos superar los restantes desafíos que plantea la elaboración del duelo con un sentido claro de dirección, cultivando nuestra madurez y profundidad personal al hacerlo”. Comenta también que el duelo constituye un proceso entre “el sentir y el hacer” sin dedicarnos a una excluyendo la otra.

 

J. William Worden propone tareas para restablecer el equilibrio que supone el proceso del duelo:

 

  • Aceptar la realidad de la pérdida: implica asumir que el otro no estará. Los rituales sirven de ayuda en estos casos (no nos referimos a momificar, minimizar, negar, tener olvidos selectivos o recurrir a prácticas como el espiritismo).
  • Trabajar las emociones y el dolor de la pérdida: no sirve de nada bloquear los sentimientos, negar el dolor, detener el pensamiento o viajar como cura geográfica.
  • Adaptarse a un medio en el que el fallecido está ausente: servirá de ayuda asumir nuevas habilidades y roles para elaborar la sensación de una pérdida de sí mismo y el cuestionamiento de valores fundamentales que puedan darse.
  • Recolocar emocionalmente al fallecido: no sirve de ayuda mantener el apego en el pasado, y sí ayuda tener otras personas a las que amar.

Es importante ver el dolor no como algo pasivo que sucede y que es una jugada del destino, sino como algo para elaborar y procesar. Attig describe el duelo como un proceso lleno de elecciones, cambios y posibilidades que podemos aceptar o descartar, seguir o evitar. En este sentido, el duelo requiere dirigirse hacia fuera para exteriorizarlo a través de una vivencia para su efectividad. Kant expresaba que la teoría sin práctica es vacía y que la experiencia sin teoría (pensamiento o conceptos) es ciega. Desde esta integración práctica-reflexión se facilitan los progresos y el aprendizaje.

Conclusiones

Andar por este camino de la existencia me ha llevado a plantearme muchas ideas y reflexiones. Según la doctrina budista, “el sufrimiento existe, es una condición de la existencia”.

He conectado con las carencias y complicaciones que supone la negación del sufrimiento. La aceptación sin connotación es una ayuda importante cuando las circunstancias nos resultan difíciles de sobrellevar. En el libro de Ken Wilber Treya (Gracia y Coraje . Ed. Gaia. Es la narración vivencial del proceso que vivieron él y su mujer, Treya, cuando a ésta se le declaró un cáncer) relata: «El dolor no es ningún castigo, la muerte no es ningún fracaso y la vida no es ninguna recompensa». Todos tenemos una idea de justicia o injusticia, éxito o fracaso entre otras, que nos llevan a vivenciar las experiencias como buenas o malas. Son construcciones mentales que pueden no facilitarnos la aceptación y la integración del dolor. Entramos en el concepto de los «programas adquiridos» en nuestra infancia por la educación y vivencias; y su revisión nos facilitaría, en algunos casos, una mejor adaptación a la realidad del fenómeno. Este repaso sobre nuestros programas y miedos facilitará un mayor manejo emocional. Jeremy Hayward expresa que «reconocer el miedo y el no-miedo en los demás es la auténtica compasión».

Buda dijo: “Os he mostrado el camino de la liberación. Ahora os toca a vosotros recorrerlo”. Es esta parte activa, constructiva, reflexiva y de praxis la que nos puede hacer vivir desde el ser integrado, desde lo más humano y arraigado que nos conecta con lo que nos rodea.

Para los tibetanos, todo lo que ocurre se considera una oportunidad para desarrollar la compasión y el servicio a los demás. Esta idea, al menos, ayuda a tener un margen de actuación, a no centrarte en tu propio dolor, a tener más empatía con tu entorno y a estar abierto a la aceptación del dolor, transformándolo en algo útil para servir a los demás en lugar de estancarnos en el miedo y la ira. La madre Teresa expresaba: “Ama hasta que te duela”. Esta visión, más Oriental, me induce a concluir que en nuestra sociedad estamos más desconectados y fragmentados ante el entorno que nos rodea que en el mundo oriental. Se percibe más la desolación y la falta de valores fundamentales, algo que nos haría menos miedosos y más proclives a la aceptación de nuestras emociones, así como la recuperación de más valores como la generosidad y la empatía. Hacer una integración de ambas culturas encontrando un equilibrio, es algo que urge para crear una sociedad más saludable.

A lo largo de la reflexión y lecturas he visto que la “conciencia pasiva” de Krishnamurti, es la misma idea de Ken Wilber cuando habla de “observar desde el punto de vista del testigo imparcial”. La función de todo ello es no acumular más temores que nos llevan a temer al propio temor.

Mediante la meditación u otras técnicas que tengan que ver con la introspección, fruto de la observación sin prejuicios ni esquemas o al menos mediante su depuración, se facilita la aceptación y compresión del fenómeno del morir. Es importante darle a la muerte un estatus y periodo de reflexión, independientemente del camino que uno tome para su exploración.

Para terminar, una cita de Ramana Maharshi: “Sólo podemos recuperar nuestra identidad superior y global con el Todo -con el self- que no es la víctima de la vida sino su fuente y testigo imparcial, haciendo las paces con nuestro sufrimiento, nuestra enfermedad, nuestro dolor y especialmente con la muerte, el último maestro”.

Películas

  • Japón, 1983. La balada de Narayama. Shoei Imamura. Festival de Cannes 1983. Palma de oro
  • Japón, 1952. Vivir . Akira Kurosawa
  • España, 2004. Mi vida sin mí. Isabel Coixet
  • Francia e Italia, 2001. La stanza del fligio.( La habitación del hijo). Nani Moretti. Especial 49º Festival de San Sebastián
  • Canadá y Francia, 2003. Les invasions barbares (Las invasions bárbaras). Denys Arcand.

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