Teléfonos: 93 676 37 84 – 629 022 364 – 609 736 939 sexologa@marianponte.com
marianponte-redes-sociales parte 2.

“La cocaína visual”. Las redes sociales y sus efectos ante un uso desadaptativo (Segunda parte).

Artículos de interés, Blog 24 May 2018

 

Para medir las consecuencias de lo que implican la redes sociales, se han de tener en cuenta tres aspectos principales:

biológicos, psicológicos y sociales.

Biológicamente, hay varios periodos críticos en que adquirimos las herramientas que nos humanizan.

El ser humano escucha desde el séptimo mes de gestación. Tras el parto, y antes de los seis meses, puede asociar la voz y la cara de su madre.

El niño, al nacer, tiene 10.000 millones de neuronas. Cada neurona puede conectar con 15.000 conexiones de neuronas. La madre – o el cuidador principal –, es quien regula neurofisiológicamente los estados de calma y el aprendizaje afectivo a través de los cuidados, miradas y atenciones. El afecto maternal ayuda a segregar oxitocina, considerada la hormona del amor. En la edad adulta esto posibilita disfrutar del intercambio afectivo.

El hemisferio derecho del cerebro es el que más parte tiene en el aprendizaje de la socialización. Hasta los dos años y medio no madura el hipocampo, que interviene los procesos de memoria y manejo del estrés.

El juego y el contacto con los demás son esenciales para desarrollarse sana y naturalmente. Se debe aprovechar la curiosidad y propensión infantil al aprendizaje, para educar la inteligencia y los sentimientos, apurar sus posibilidades y talentos, y forjar y pulir las habilidades sociales.

El fomento de la creatividad es imprescindible para que los niños crezcan con salud, y con la motivación y la estimulación necesarias para desarrollar la calidad de vida tanto como sea posible. La humanidad ha prosperado gracias a la creatividad, a las ideas visionarias que nuestros antepasados han tenido a lo largo de la historia.

El niño a los tres años tiene el doble de conexiones neuronales que sus padres. Los siguientes diez, comienza un proceso de poda o reducción de la cantidad de neuronas, en que lo que no se haya estimulado ni conectado, se pierde. Para que sean adultos saludables, se les ha de enseñar a manejar y gobernar sus emociones y su cuerpo, tanto haciéndoles sentir como razonando.

Contamos con tres estructuras fundamentales para regular las emociones: la amígdala, el hipocampo, y el giro del cingulo.

La amígdala cerebral está relacionada con las emociones de miedo e ira. Cuanto más se active, más emotivos nos manifestamos.

El giro del cíngulo ayuda a interpretar las emociones. Las emociones se conectan entre sí, en el intervalo de los ocho a los doce años de edad. Por eso, es muy importante no se someta a los niños a estímulos que puedan afectar a estas conexiones. Por ejemplo: ver videos inadecuados para su edad, entrar en redes sociales donde hay imágenes de agresividad, ver la televisión sin discriminar, mensajes inapropiados que circulan por la redes, exceso de publicidad que afecta a sus decisiones, videojuegos, contacto con la pornografía y con un exceso de hipersexualidad social, demasiadas horas ante una pantalla, etc. La exposión a estos excesos permite la normalización de esas conductas o de sus efectos – se ven como normales o aceptables conductas que no lo son –, sin apreciar la gravedad de las consecuencias, dado que esos estímulos se han vuelto hábitos. Si a eso se le añaden experiencias con drogas o alcohol, el cerebro no alcanzará con salud la edad adulta porque su crecimiento ha sido interrumpido.

Podemos estimular, enseñar y también mejorar nuestros aprendizajes cerebrales. Las neurociencias, hoy, reconocen el fenómeno de la neuro plasticidad. Esto es, que tenemos capacidad para adaptarnos al entorno y, para ello, hacer cambios cerebrales.

La edad en que el cerebro tiene mayor capacidad para liberar neurotransmisores (sustancias que permiten la comunicación entre neuronas) es aproximadamente entre los 10 y los 17 años de edad. Se segrega ya una dosis suficiente de dopamina para disfrutar la vida experimentando.

Las pantallas emiten una luz que inhibe la secreción de una hormona que ayuda a dormir. Pueden darse también síntomas físicos, como dolores de cabeza y problemas de atención, entre otros.

Los aspectos psicológicos (resiliencia)

Psicológicamente, para ayudar a madurar el cerebro, es imprescindible desde las primeras etapas de la vida, señalar límites a los niños. La capacidad para vivir momentos con bienestar está relacionada con un cerebro sano.

Para reforzar el aprendizaje de quién somos, importa no encubrir las emociones con mecanismos, distracciones o tecnología, y aprender a darse un espacio interior para escucharnos. Herramientas como la meditación posibilitan recursos para aprender a vivir más conscientemente, y permiten cambios cerebrales que facilitan la calidad de vida.

La capacidad de adaptarte a las circunstancias adversas y transformar en retos experiencias difíciles es la resiliencia. Fortalecer el propio tejido social es una parte fundamental para humanizarse y tener psicológicamente más recursos. Somos quien somos gracias a quien hemos amado y con quien hemos intercambiado situaciones y experiencias, que aportan enriquecimiento personal, crecimiento y amor.

Si gran parte del aprendizaje y percepción del mundo se basa en los estímulos de las redes, que cambian constantemente, y se vive de forma inmediata, respondiendo a las demandas tecnológicas, todo se acelera y sufriremos pérdidas varias: de identidad, de intimidad, porque todo se exhibe, dejaremos de escucharnos interiormente, y careceremos de tacto y contacto, de proximidad con los otros otros.

Es importante, por ello, no dedicar tantas horas a las nuevas tecnologías, que nos privemos de una vida real, y de las relaciones con nuestros semejantes. Hay que prescindir, en lo posible, de los nuevos artefactos, y ajustar su uso, enriqueciendo así nuestra calidad de vida: Saber cuándo poner el modo avión, darse unas horas para contestar un mensaje, no mirar compulsivamente las redes sociales (móvil, Facebook, Twitter, etc). Entre otras acciones, esto ayudará a que sea nuestra propia voluntad quien dirija nuestro tiempo. Es imprescindible diferenciar entre uso y abuso. Cuando se supera el número de horas recomendable, se convierte en abuso. El uso ha de ser consciente. Esto es, no colgarnos, por así decir, de las nuevas tecnologías, por aburrimiento o inercia.

Aspectos sociológicos (adicción) y valores prosociales.

Los niños, han de aprender a socializarse mediante los estímulos adecuados, a percibir su entorno, para desarrollar las habilidades sociales que precisarán en el futuro, a poner nombre a las cosas y a percibirse a sí mismos y, con ello, también percibir la relación con los demás, en los primeros años de vida, antes de enredarse, o sumergirse, en las nuevas tecnologías y las relaciones sociales también nuevas que acarrean.

Vivimos atrapados en un mundo en que se nos obliga a consumir. Se nos empuja a prescindir de nuestra inteligencia y de nuestro criterio, y a aceptar situaciones, objetos y momentos que no son esenciales para nuestro crecimiento ni para nuestra vida. Compramos sin reflexionar sobre el auténtico valor de los objetos, y si responden realmente a una necesidad humana.

Por un lado, se tiende a sobreproteger al niño; por el otro, se le somete y acostumbra a convivir con la violencia, a través de los medios de comunicación y las redes sociales que, a la vez, restan al niño preparación para vivir en cooperación, solidaridad y conciencia. Se les adoctrina para acumular: hay que tener más éxito, más dinero, más mujeres, más ropa, mejores coches etc. Se propugna la panacea del consumo para lograr la felicidad, y se olvida la esencia y propia identidad.

El fenómeno de los like, las aplicaciones que hacen que las personas se luzcan y exhiban en las redes, para sentirse reconocidas y admiradas, inducen a una sensación postiza de contento y vinculación con los demás.

La dopamina que con estas situaciones se libera provoca un sentimiento de felicidad y un estado de plenitud.

Si se libera lenta y progresivamente, ayuda a experimentar un estado de bienestar. Al contrario, si se libera la dopamina de forma muy rápida, el pico de dopamina genera malestar y agresividad, que a su vez genera más dopamina, y puede caerse en un círculo vicioso. Según se acrecienta la dopamina y la necesidad de producirla, aumenta también la dependencia de las redes sociales, que la producen, y la capacidad de ponerle límites. Por lo tanto la redes sociales, afectan a la conducta.

Hay que tener en cuenta que la dopamina lo que hace nuestro cerebro es generar estados de bienestar o de enojo. Uno u otro estado, dependerán del uso de las nuevas tecnologías, y de otros factores como la edad de la persona, la cantidad de horas que se conecte, la intensidad de los estímulos, su sistema hormonal, la relaciones familiares y sociales, los recursos con lo que cuenten, las formas de pensamiento, su capacidad y habilidad para relacionarse con los demás, diferentes actividades en las que participe…, entre otros muchos factores.

Si tenemos en cuenta este efecto de la dopamina sobre nuestro cerebro, y que inhibe lo que llamamos la corteza cerebral, que es la que se encarga de tomar las decisiones y establecer criterios, no es difícil considerar la verdadera importancia del asunto. En la corteza prefrontal se establecen los criterios razonables para saber lo que es justo, e injusto, y situar las cosas en perspectiva. El exceso de dopamina hace perder la capacidad de decidir de forma adaptativa e inteligentemente.

También se produce el miedo a perder la novedad, o a apartarse de lo que otros grupos siguen si no se está conectado el tiempo suficiente, y hace perder además el sentido de pertenencia al grupo.

Como, conclusión, planteo algunas preguntas: ¿Hay adición a las redes sociales? ¿Es posible que surjan, a largo plazo, patologías tales como desconexión, autismo, psicopatías y otras, debidas al abuso y a la falta de consciencia social sobre lo que estas redes pueden suponernos?.

He visto por mis ojos bebés con pataletas o berrinches porque los padres no les dejaban el móvil; embarazadas con bebés mirando sus teléfonos y sin fijar su atención ni mirada en sus hijos.

Inevitablemente hay consecuencias, que se podrían minimizar si se investiga, y se da un uso adecuado de las nuevas tecnologías y redes sociales.