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Sexualidad adolescente

La adolescencia es una época de muchos cambios, durante la cual, además de ir adquiriendo autonomía, se aprenden habilidades que preparan al individuo para asumir las responsabilidades, adaptarse a los cambios sentimentales, asimilar rupturas y enamoramientos, aprendizajes sexuales, etcétera.

Se experimenta un desarrollo físico, emocional e intelectual que va aproximando a la persona poco a poco hacia la etapa adulta.

A pesar de que la información sexual está siendo cada vez más accesible, no hay que confundir la información sexual con la educación sexual.

Las principales preocupaciones de un adolescente sobre sexualidad

 

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Es fácil que los adolescentes acusen cierta ansiedad sobre su rendimiento sexual y se planteen preguntas del tipo: ¿lo haré bien?

A todo ello hay que añadir otras preocupaciones que tienen que ver con su imagen corporal y su apariencia, sobre el experimentar y experimentarse sexualmente, saber negociar y expresar emociones con la intimidad que implican mientras van estableciendo un sistema de códigos y valores propios.

Existe una presión grupal que les hace no querer ser diferentes de otros adolescentes para sentirse integrados en su grupo de iguales. Por ejemplo, la preocupación por su aspecto físico está ligada a la preocupación por cómo le pueden estar viendo los demás, de ahí su atención a todo lo que tiene que ver con el cuerpo.

A todo ello se añaden los profundos cambios fisiológicos a los que el adolescente está sometido; cambios que a veces son vividos con ciertas presiones sociales y que deberán ir dando paso a una maduración psicológica que compense sus preocupaciones y logre su satisfacción.

Es importante explicar a los varones adolescentes que tener erecciones inesperadas en algunos momentos o poluciones nocturnas forma parte de la normalidad. Explorar el cuerpo con un espejo, masturbarse y conocer sus respuestas desde la curiosidad les ayuda a mantener una excitación sexual, aprender a fantasear, entender de qué manera funcionan, qué es el orgasmo…

Al principio de la adolescencia, muchas personas están condicionadas por ciertos estereotipos sociales heredados: hay muchas expectativas acerca de lo que teóricamente deberían hacer todos los varones y lo que deberían hacer todas las mujeres. El tema de los roles de género que la sociedad impone afecta al comportamiento del adolescente, que tiende a ajustarse a ellos para sentirse aceptado.

A medida que los adolescentes van desarrollando las habilidades sociales mediante la integración en el grupo, van entrando en las relaciones románticas. En el transcurso y progreso de las mismas profundizan y aprenden a negociar las reglas sexuales que les darán seguridad sobre sus sentimientos sexuales en otras etapas sucesivas. Todos estos cambios no se hacen en un vacío cultural, sino más bien en un contexto familiar y social con valores determinados.

Las fantasías y sueños sexuales son frecuentes en la adolescencia. Dejarse llevar por ellos constituye un estupendo ensayo para explorar la sexualidad de una forma más íntima y personal, que ayudará a enfrentarse con mayor realismo a situaciones futuras. En el terreno de la fantasía, experimentar y conocerse no supone riesgo alguno, y sí un darse permiso para el disfrute.

La masturbación ayuda a aliviar la tensión sexual, a mejorar la autoconfianza y a obtener un mejor desempeño sexual.

En las primeras experiencias compartidas con otros adolescentes, la excitación sexual se logra mediante las caricias y juegos que no incluyen coito (petting).

El sexo oral es una práctica que muchas veces introducen como un contacto sexual íntimo.

Los contactos con personas del mismo sexo se citan en muchos estudios, como en el informe Kinsey. Hass (1979) informa que un 11% de chicas y un 4% de chicos han mantenido una relación homosexual, y estima que dichas cifras están posiblemente subestimadas.

Cuando el adolescente se identifica a sí mismo como homosexual puede pasar por un proceso de crisis, debido a que no ha recibido ni información adecuada ni modelos que salgan de ciertos estereotipos absurdos. Muchos viven su orientación con angustia, culpa y miedo al rechazo. Es fácil que pospongan su definición sexual, debido al coste que les supone vivir la hostilidad social ante los mensajes recibidos desde una cultura que rechaza vivencias sexuales diferentes a los patrones heterosexuales, más frecuentes.

La discriminación social percibida por el adolescente puede inhibirle y agredir su identidad, haciendo que le suponga un gran esfuerzo la definitiva aceptación de sí mismo.

Ciertos clichés que se manejan socialmente acerca de lo que se espera por ser hombre o por ser mujer mujer pueden extenderse incluso en los pares de iguales, lo que genera todavía una mayor presión en los adolescentes. Nos referimos, por ejemplo a calificativos específicos que suelen aplicarse según el sexo, como: “calienta braguetas”, “estrecha”, o “ligón”.

Algunos padres pueden creer que al hablar de sexualidad con los hijos adolescentes pueden estar dándoles malas ideas. La solución no pasa por negar la sexualidad adolescente o proyectar las propias ansiedades paternas en ellos, sino por dar una educación sexual adecuada y abierta, confiar en que se les ha educado con valores, que pueden aprender a decidir por sí mismos y que puedan contar con los padres ante sus dudas, miedos o problemas.

Es importante no centrar la educación sexual solamente en los aspectos biológicos o preventivos, sino ofrecer una perspectiva más completa, que incluya lo que significa la intimidad, las orientaciones sexuales, la negociación sexual (donde los participantes intercambien y se sientan reconocidos) etcétera.

Una educación basada en la igualdad de géneros ayuda a fomentar relaciones sanas que no se basen en la sexualidad como uso de poder, sino en el respeto de cada persona individual.

 

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